El rodeo chileno: deporte y tradición

Por Alfredo Moreno Echeverría, presidente de Ferochi, para el diario El Líbero
El debate sobre el rodeo suele transitar entre dos dimensiones que rara vez se encuentran: la sensibilidad urbana y la realidad del campo. Y ahí está el primer problema de fondo: es equivocado regir una actividad del campo con perspectiva de ciudad. Es equivocado porque desde la ciudad no se entiende en profundidad esta práctica, porque la información disponible es incompleta y porque, al final, se termina imponiendo una lógica urbana sobre una realidad rural que tiene sus propios códigos.
En una columna reciente, se planteaba una pregunta que, aunque retórica, parte de una premisa que confunde las prácticas ganaderas coloniales con el deporte profesional actual. Pero nuevamente, es equivocado analizar el rodeo desde la ciudad: se simplifica, se caricaturiza y se pierde el contexto técnico. Reducir el rodeo a un “novillo atrapado entre un caballo y una pared” es desconocer más de 60 años de institucionalización y estándares. Es justamente el resultado de mirar desde lejos, con información parcial, una práctica que no se vive ni se comprende en su totalidad.
El artículo original sostiene que el novillo experimenta un riesgo de daño físico sistemático. Sin embargo, la evidencia clínica no respalda esa narrativa. Y aquí vuelve el mismo error: es equivocado evaluar una actividad rural desde parámetros urbanos construidos sobre información incompleta. No existe ningún estudio público que sostenga un maltrato generalizado en el rodeo moderno.
Según investigaciones publicadas en SciELO sobre competencias oficiales, de una muestra de 234 novillos, solo el 0,85% presentó alguna lesión menor y ninguno debió ser retirado por traumatismos graves. Si miramos la estadística macro, las federaciones reportan una siniestralidad del 0,003% sobre más de un millón de animales. Ignorar estos datos y reemplazarlos por percepciones urbanas no es solo un error metodológico: es otra expresión de lo equivocado que resulta intentar regir el campo desde la ciudad, donde la información llega fragmentada y sesgada.
Respecto al estrés, es cierto que cualquier interacción humana con un animal lo genera. Pero nuevamente, es equivocado analizar este punto desde la ciudad sin considerar el contexto productivo completo. El episodio en el rodeo dura segundos, mientras que otras prácticas —muchas de ellas sostenidas por el consumo urbano— implican estrés prolongado. La ciudad consume esos procesos sin cuestionarlos, pero pretende juzgar otros que no comprende en su totalidad. Ahí hay una inconsistencia evidente.
Más allá de lo técnico, existe una dimensión de soberanía cultural que no puede ignorarse. Y aquí el punto vuelve a ser claro: es equivocado que la ciudad intente definir qué prácticas rurales son válidas y cuáles no. El rodeo no es solo un deporte; es un ecosistema que sostiene oficios, tradiciones y comunidades. Mirarlo desde la ciudad con categorías externas no solo empobrece el análisis, sino que marginaliza al mundo rural y lo somete a una lógica ajena.
El Campeonato Nacional de Rancagua no es un simple espectáculo recreativo; es una expresión viva de identidad. Intentar desmantelar esta práctica desde una sensibilidad urbana es, en el fondo, insistir en ese mismo error: creer que desde la ciudad se puede comprender, juzgar y corregir una realidad que no se vive. Es una forma de imponer una visión del mundo nacida en el pavimento sobre otra que se construye en la tierra.
La discusión no es si debemos avanzar en bienestar animal —algo en lo que el mundo del rodeo ya ha desarrollado regulaciones—, sino si es válido que ese debate sea conducido desde una perspectiva que no entiende el fenómeno en su totalidad. Porque, otra vez, es equivocado regir una actividad del campo con perspectiva de ciudad: se distorsiona la información, se invisibiliza a sus actores y se termina subordinando una cultura a otra.
El rodeo no está anclado en el siglo XVII. Es una actividad moderna, con reglas, mediciones y estándares. Desmantelar basándose en percepciones urbanas incompletas no es solo un error: es la consecuencia directa de ese problema inicial que atraviesa todo el debate.
En definitiva, cuando la ciudad intenta gobernar la cultura del campo o la cultura de los pueblos originarios sin comprenderlos, no solo se equivoca: también margina, simplifica y somete. Y eso, más que un avance, es un retroceso disfrazado de buena intención.
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