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Ramón Cardemil Moraga, Personaje de Leyenda

Ramón Cardemil Moraga, Personaje de Leyenda
Integrante de una numerosa familia, el siete veces campeón de rodeo, cuenta con orgullo su historia que comenzó en Ranguilí.
Autor:

Por Luis Iván Muñoz Rojas

En Ranguilí, un pequeño poblado costero antiguamente ubicado en la Provincia de Curicó, y hoy, después de unos años, efectuados ajustes y definiciones en los límites territoriales, situado en la Provincia de Colchagua, nace don Ramón Cardemil Moraga. Para ambas provincias, entonces, el honor de tan Ilustre Hijo.

Sus padres Ramón Cardemil Vallejos y Hortensia Moraga Moraga, se conocen y contraen matrimonio en Antofagasta, desde donde se trasladan al Fundo Ranguilí.

Han pasado ya unos cuantos años desde su nacimiento, aquel día 17 de enero de 1917, en que un nervioso Ramón Cardemil Vallejos ayudaba a su cónyuge Hortensia Moraga Moraga, dar a luz al sexto de los catorce hijos que tendría el matrimonio, en el mismo Fundo, como era en ese entonces, sin acceso a una clínica, sólo asistidos por el doctor Brown, médico de la vecina localidad de Pumanque

Todo se hacía en el campo, más cerca de la naturaleza, siendo los hijos el centro de sus vidas, y el cuidado y la enseñanza de ellos, única preocupación de la familia, en especial, para enseñarles de las labores del campo, del cariño por los caballos, del amor por la tierra y las tradiciones chilenas.

"La verdad que lo acampado y el cariño por los caballos, especialmente me viene de las familias maternas de mis padres, esto es, por los Moragas y por los Vallejos, todos ellos criadores de caballos desde la época de la Colonia", dice don Ramón.

Los primeros años los pasó junto a sus hermanos en el campo, al cuidado de su madre y como en toda familia numerosa los hermanos mayores cuidando de los menores. Tenían una institutriz que les enseñaba a leer, escribir, y las primeras nociones sobre geografía e historia, hasta cumplir los diez años, oportunidad en la cual a los hombres los enviaban al Colegio de los Hermanos Maristas, Instituto San Martín de Curicó, y a las niñas al Colegio de Monjas, la Inmaculada Concepción, también en Curicó.  

A los quince años don Ramón fue enviado a la casa de su tío Abraham Cardemil Vallejos para continuar sus estudios en Santiago, lo que hizo primero en el Colegio Valentín Letelier, terminando en la Academia de Humanidades de Los Padres Domínicos, recordando con cariño como sus mejores profesores al escritor Mariano Latorre, y en matemáticas a quien fuera el más conocido de esos entonces el profesor don Sansón Radical.

De esa época los mejores recuerdos son las vacaciones de primavera y verano cuando volvía a Ranguilí a reencontrarse con sus padres, hermanos, y con sus caballos. Esas vacaciones fueron los mejores momentos de su juventud, en especial, el instante en que al llegar con sus hermanos, su padre le hacia entrega de dos caballos a cada uno, par que los cuidaran y los trabajaran tanto para el servicio del campo como para las pichangas que organizaban en la medialuna de espinos, ubicada en el mismo fundo.

"El campo era costero, de rulo, y en el verano escaseaban los pastos verdes, así que para tener los caballos más lindos, las peleas por las corontas y hojas de choclo cuando se hacían humitas en la casa, eran de padre y señor mío. Por lo mismo, amarrábamos los caballos en los camellones de las chacras para aprovechar el pastito... Con el azufre les quitábamos la tos, le curábamos las heridas. Era como milagroso... Al ensillarlos le poníamos en el freno una bolsita con azufre, para que tuviera lindo el pelo..." 

Sus recuerdos de niñez y juventud están siempre asociados a los caballos, en especial al potro Acero, un hijo del Cóndor y la Mezcla, que le había regalado a don Ramón Cardemil Vallejos don Nepomeceno Urzúa, padre de don René Urzúa, y a un grupo de yeguas que tenían en Ranguilí, de las cuales sólo dos eran inscritas. "No sé si eran tan bonitas, yo era muy niño, así que las recuerdo como un grupo de yeguas parejas, dóciles y para mí muy bonitas..."

Desgraciadamente este periodo terminó abruptamente cuando su padre debió entregar el Fundo para responder a un aval conferido a un hermano y a un amigo, quienes como consecuencia de la crisis de los años '30, no pudieron cumplir con sus compromisos.

Tenía sólo diecisiete años cuando debió abandonar los estudios, y renunciar a la ilusión de ingresar a la Universidad para estudiar leyes, debiendo trasladarse a Curicó para trabajar en sociedad con su cuñado Armando Marín en la compra y venta de ganado, negocio que sólo le permitía subsistir. Por ello a los veinte años volvió a Santiago, y en sociedad con su hermano Jorge instalaron una bodega de frutos del país.

Sin más capital que su buen nombre y su carácter de joven serio y trabajador, recibía en consignación productos agrícolas de pequeños agricultores y artesanos de la costa de Colchagua y Curicó, en especial, de productores de carbón, elemento generador de energía y calor para industrias y hogares muy apetecido en ese entonces.

"Fueron buenos años, ganaba bastante dinero, pero como joven que era, al mismo ritmo que lo ganaba me lo gastaba..."

Si bien era una vida entretenida, don Ramón la estimaba incompleta. Faltaba lo más importante, la cercanía del campo, el calor de los caballos y la tierra, el encanto de enseñarles y también aprender de ellos en su trabajo. Decidió regresar al campo, instalándose en Santa Cruz, desde donde arrendaba tierras, las sembraba, comprometía talajes, compraba y vendía ganado.

Allí en Santa Cruz, conoció a don Alberto Herrera Vargas, agricultor ya retirado quien había sido administrador de la Hacienda Mariposa, en Talca, y de las Hacienda Apalta, en Colchagua, con quien se asoció para hacer negocios de ganado... "Lo mejor de esa sociedad, es que pude conocer a la Elbita, su hija, con quien años más tarde me casaría..."

Don Alberto Herrera era aficionado a los caballos. Años atrás, siendo administrador de la Hacienda Mariposa, le había recomendado a sus propietarios el cambio de un potro de la hacienda por el Cristal, lo que así se hizo. De una monta que le regalaron nació su potro Atahualpa, padre de dos preciosa potrancas la Ñata y la Pinta, que don Alberto le regaló a su hija Elba, y ésta en un momento de debilidad, se las regaló a don Ramón, para que iniciara su Criadero.

El 10 de junio de 1944 se casa con doña Elba Herrera Muñoz, y se traslada a Chimbarongo para administrar el campo y lechería de su hermano Guillermo Cardemil Moraga y Mr. Sydney Shaw. Es durante ésta época cuando tiene la mejor oportunidad de continuar aprendiendo de su hermano Guillermo, su primer compañero en la corrida de las vacas, los secretos para la crianza y el arreglo del caballo. "Mi hermano Guillermo fue un gran amigo, maestro y compañero en el Rodeo".

 Ramón Cardemil junto a algunos de sus tantos trofeos y reconocimientos.

Sus hijos, todos extraordinarios alumnos tanto en el Colegio como en la Universidad llegan a ser buenos profesionales, en efecto Alberto, un gran abogado y connotado político, Ramón Gonzalo, médico cirujano y profesor universitario, Carmen Patricia, parvularia con mención en arte, quien siguiendo la vocación artística de su madre, destaca en México como una eximia pintora, y la menor María Soledad, secretaria bilingüe universitaria, una excelente profesional pero que por sobre todo será la más entusiasta hincha de su padre en el Rodeo.

Una familia cristiana, férreamente unida constituirá la base para una vida de competencias deportivas, donde don ramón conocerá de triunfos y también derrotas, de alegrías y sinsabores, de muchos aplausos pero también algunas injustas pifias, de las que se sobrepondrá como un Campeón, con su clase indiscutida, con la fuerza que le confiere tener juntos a él una gran familia.

"Nuestros hijos Alberto, Gonzalo, la Carmelita y la Solequita, son la bendición que hemos recibido de Dios", dice la señora Elbita, y agrega, "los criamos en el campo, por eso tiene la mirada limpia".

Fuente: Anuario del Rodeo 1996

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