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Ramón Cardemil Moraga, Personaje de Leyenda (Primera Parte)

Repasamos la historia y obra de don Ramón Cardemil Moraga, el más grande de los jinetes que ha tenido nuestro deporte criollo. A través de un apasionante nuevo artículo publicado por don Luis Iván Muñoz Rojas en el Anuario de la Federación del Rodeo Chile

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Imprimir Guardar PDF Enviar Autor: fecha: Jueves 16 de febrero de 2006

 

 

 

 

Don Ramón Cardemil junto a su eterno Bellaco

Por Luis Iván Muñoz Rojas (Anuario 1996)

En Ranguilí, un pequeño poblado costero antiguamente ubicado en la Provincia de Curicó, y hoy, después de unos años, efectuados ajustes y definiciones en los límites territoriales , situado en la Provincia de Colchuagua, nace don Ramón Cardemil Moraga. Para ambas Provincias, entonces, el honor de tan Ilustre Hijo.

Sus padres Ramón Cardemil Vallejos y Hortensia Moraga Moraga, se conocen y contraen matrimonio en Antofagasta , desde don se trasladan al Fundo Ranguilí.

Han pasado ya unos cuantos años desde su nacimiento, aquel día 17 de enero de 1917, en que un nervioso Ramón Cardemil Vallegos ayudaba a su cónyuge Hortensia Moraga Moraga, dar a luz al sexto de los catorce hijos que tendría el matrimonio, en el mismo Fundo, como era en ese entonces, sin acceso a una clínica, sólo asistidos por el doctor Brown, médico de la vecina localidad de Pumanque.

Todo se hacía en el campo, más cerca de la naturaleza, siendo los hijos el centro de sus vidas, y el cuidado y enseñanza de ellos, única preocupación de la familia, en especial, para enseñarles de las labores del campo, del cariño por los caballos, del amor por la tierra y las tradiciones chilenas.

"La verdad que lo acampado y el cariño por los caballos, especialmente me viene de las familias maternas de mi padre, esto es, por los Moraga y por los Vallejos, todos ellos eran criadores de caballos desde la época de la Colonia", dice don Ramón.

Los primeros años los pasó junto a su hermanos en el campo, al cuidado de su madre y como en toda familia numerosa los hermanos mayores cuidando de los menores. Tenían una institutriz, que les enseñaba a leer, escribir, y las primeras nociones sobre Geografía e Historia, hasta cumplir los diez años, oportunidad en la cual a los hombres los enviaban al Colegio de los Hermanos Maristas , Instituto San Marín de Curicó, y a las niñas al Colegio de Monjas, La Inmaculada Concepción, también en Curicó.

Don Ramón Cardemil (el segundo de derecha a izquierda) en compañía de su madre, padre (dentro del vehículo), institutriz, sus hermanos y otros familiares, celebrando la llegada del auto paterno, uno de los primeros de la zona.

A los quince años don Ramón fue enviado a la casa de su tío Abraham Cardemil Vallejos, para continuar sus estudios en Santiago, lo que hizo primero en el Colegio Valentín Letelier, terminando en la Academia de Humanidades de Los Padres Dominicos, recordando con cariño como sus mejores profesores al escritor Mariano Latorre, y en matemáticas a quien fuera el más conocido de esos entonces el profesor don Sansón Radical.

De esa época los mejores recuerdos son las vacaciones de primavera y verano cuando volvía a Ranguilí a reencontrarse con sus padres, hermanos, y con sus caballos. Esas vacaciones fueron los mejores momentos de su juventud, en especial, el instante en que al llegar con sus hermanos, su padre les hacía entrega de dos caballos a cada uno, para que los cuidaran y trabajaran tanto para el servicio del campo como para las pichangas que organizaban en la medialuna de espinos, ubicada en el mismo fundo.

"El campo era costero, de rulo, y en el verano escaseaban los pastos verdes, así que para tener los caballos más lindos, las peleas por las corontas y hojas de choclo cuando se hacían humitas en la casa, eran de padre y señor mío. Por lo mismo, amarrábamos los caballos en los camellones de las chacras para aprovechar el pastito... Con el azufre les quitábamos la tos, les curábamos las heridas. Era como milagroso... Al ensillarlos les poníamos en el freno una bolsita con azufre, para que tuvieran lindo pelo...".

Sus recuerdos de niñez y juventud están siempre asociados a los caballos, en especial, al potro Acero, un hijo del Cóndor y la Mezcla, que le había regalado a don Ramón Cardemil Vallejos don Nepomoceno Urzúa, padre de don René Urzúa, y a un grupo de yeguas que tenían en Ranguilí, de las cuales sólo dos eran inscritas. "No sé si eran tan bonitas, yo era muy niño, así que las recuerdo como un grupo de yeguas parejas, dóciles y para mí muy bonitas...".

Desgraciadamente este período termina abruptamente, cuando su padre debió entregar el Fundo para responder a un aval conferido a un hermano y a un amigo, quienes como consecuencia de la crisis de los años '30, no pudieron cumplir con sus compromisos.

Tenía sólo diecisiete años cuando debió abandonar los estudios, y renunciar a su ilusión de ingresar a la Universidad para estudiar Leyes, debiendo trasladarse a Curicó para trabajar en sociedad con su cuñado Armando Marín en la compra y venta de ganado, negocio que sólo le permitía subsistir. Por ello, a los veinte años volvió a Santiago, y en sociedad con su hermano Jorge instalaron una bodega de frutos del país.

Dueños de la medialuna: Celebrando sus respectivos triunfos Raúl Cáceres, Pablo "Perico" Quera, Ramón Cardemil, Manuel "Farolito" Fuentes, Hernán y Hugo Cardemil.

Sin más capital que su buen nombre y su carácter de joven serio y trabajador , recibía en consignación productos agrícolas de pequeños agricultores y artesanos de la costa de Colchagua y Curicó, en especia, de productores de carbón, elemento generador de energía y calor para industrias y hogares muy apetecidos en ese entonces.

"Fueron buenos años, ganaba bastante dinero, pero como joven que era, al mismo ritmo que lo ganaba me lo gastaba...".

Si bien era una vida entretenida, don Ramón la estimaba incompleta. Faltaba los más importante, la cercanía del campo, el calor de los caballos y la tierra, el encanto de enseñarles y también aprender de ellos en su trabajo. Decidió regresar al campo, instalándose en Santa Cruz, desde donde arrendaba tierras, las sembraba, comprometía talajes, compraba y vendía ganado.

Allí, en Santa Cruz, conoció a don Alberto Herrera Vargas, agricultor ya retirado quien había sido administrador de la Hacienda Mariposa, en Talca, y de la Hacienda Apalta, en Colchagua, con quien se asoció para hacer negocios de ganado... "Lo mejor de esta sociedad, es que pude conocer a Elbita, su hija, con quien años más tarde se casaría...".

Don Alberto Herrera, era aficionado a los caballos. Años atrás, siendo administrador de la Hacienda Mariposa, le había recomendado a sus propietarios el cambio de un potro de la hacienda por el Cristal, lo que así se hizo. De una monta que le regalaron nació su potro Atahualpa, padre de dos preciosas potrancas la Ñata y la Pinta, que don Alberto le regaló a su hija Elba, y ésta en un momento de debilidad, se las regaló a don Ramón, para que iniciara su criadero.

El 10 de junio de 1944 se casa con doña Elba Herrera Muñoz, y se traslada a Chimbarongo para administrar el campo y lechería de su hermano Guillermo Cardemil Moraga y Mr. Sydney Shaw. Es durante esta época cuando tiene la mejor oportunidad de continuar aprendiendo de su hermano Guillermo, su primer compañero en la corrida de las vacas, los secretos para la crianza y el arreglo del caballo. "Mi hermano Guillermo fue un gran amigo, maestro y compañero en el Rodeo...".

Sus hijos, todos extraordinarios alumnos tanto en el Colegio como en la Universidad llegan a ser buenos profesionales, en efecto Alberto, un gran abogado y connotado político; Ramón Gonzalo, médico cirujano y profesor universitario; Carmen Patricia, parvularia con mención en Arte, quien siguiendo la vocación artística de su madre, destaca en México como una eximia pintora; y la menor María Soledad, secretaria bilingüe universitaria, una excelente profesional pero que por sobre todo será la más entusiasta hincha de su padre en el Rodeo.

Una familia cristiana, férreamente unida constituirá la base para una vida de competencias deportivas, donde don ramón conocerá de triunfos y también derrotas, de alegrías y sinsabores, de muchos aplausos pero también algunas injustas pifias, de las que se sobrepondrá como un Campeón, con su clase indiscutida, con la fuerza que le confiere tener junto a él una gran familia...

Continuará

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